Un Girasol detonante

 

Un Girasol detonante

En mi registro memorial no existe una cronología ordenada para entender como llegue hasta aquí y esto se debe a que esta historia no me pertenece, sin embargo, desencadena en mi existencia.

De cuclillas en el suelo apoyada sobre las puntas de mis pies, estoy de frente limpiando la tumba de mi abuelo a quien nunca conocí, pero por alguna extraña razón siempre me sentí vinculada. Es la primera vez que mi madre me ha pedido elegir las flores y lavar sus floreros. Mientras tanto a mis espaldas, mamá habla con uno de sus hermanos:

-          Al abuelo José no le gustaba el amarillo, pero a su nieta sí.

Tras esta afirmación, me dispuse a regar agua limpia en los floreros y coloqué en su interior 5 girasoles en cada uno.

Mi elección estuvo relacionada a la edad que tenía en aquel entonces, no la recuerdo, pero de seguro estaba entrando en la adolescencia. El amarillo para mí se había convertido en el color de la neutralidad, no pensaba en querer ser una mujer, pero tampoco en un hombre. No quería que esos regimientos me definieran antes de poder sentir lo que quería ser. La sexualidad y el género eran asuntos de los que no quería saber, solo sentía aún mi infancia en la piel y no quería soltarla para convertirme en un ser que respondería a algo externo.

Desde pequeña la luz que brillaba para mi fue mi abuela, la madre de mamá. Ella era quien siempre llevaba un poncho blanco y se inclinaba abriendo sus brazos, mientras yo corría llorando hacia ella. No importaba la razón de mi llanto, ella siempre me cargada y me tenía entre sus brazos diciendo:

-          Shhh… todo va a estar bien. ¿Dónde te duele?

En la mínima, ella era la primera persona en la que pensaba, hasta el día en que en una de las típicas caminatas de historias de su vida que hacíamos, afirmó:

-          Si tú abuelo no hubiese muerto, tu madre nunca se hubiese ido de mi lado. No quería que se fuera con aquel hombre.

Esas palabras las dijo cuando tenía 19 años, para ese entonces la confianza era bastante grande, pero no lo bastante sólida. Aquel hombre del que ella hablaba es mi padre y sentí que el rechazar cierto momento, anulaba ese amor en el que yo creí tener. Esa luz se pagó. Sin darse cuenta ella habló del cambio de una vida por otra, la de mi abuelo por la mía.

Nadie sabe la verdadera historia sobre la muerte del abuelo, pero un dato confirmado es que esto sucedió un 14 de febrero. Hace dos años estuvimos sentados en la mesa del comedor conversando con el último de mis tíos y mi abuela, les pregunté sobre lo que pasó aquel día. Mi tío dijo:

-          Era pequeño, fui con mi ñaño a buscar al abuelo en el lugar donde siempre estaba con sus amigos. Cuando llegamos nos dijeron que se había subido en un camión amarillo con unos tipos que al parecer él conocía.

A partir de ahí, la historia es la misma para todos. Al día siguiente la policía notificó a mi abuela que su esposo había sido asesinado.  Las investigaciones correspondientes no se hicieron. El dolor fue tan grande que cada año cuando llega la fecha, mi madre se siente distante y el hablar del tema se evita para que llanto no golpee el presente.

La decisión de muerte no fue suya, así como la mía no fue nacer.

Llegué 4 o 5 años después de su muerte, soy la primera nieta de mi abuela. Las palabras que salieron de su boca en aquella caminata, el viento las tatuó en mi piel de forma violenta, tan profundo que llego a sacudirme la memoria para aferrarse en que las razones de mi llanto de aquel entonces, siempre fue su afirmación y corría por su consuelo, como si en el destiempo se pudiera escapar del dolor de un momento de sinceridad. La figura de mi abuela se fragmentó en dos, la que quiero y la que me rechazó.

En una de las vísperas de navidad, el mismo tío que estuvo aquella mañana en el cementerio, se acordó del día en que vio el despreció de mi abuelo por las flores amarilla.

-          Una tarde llegaba a almorzar y vio que madre había puesto en el centro de mesa, un florero con flores amarillas. Sin decir una palabra, tomó el florero y lo tiró al suelo.

Nunca había escuchado sobre un acto violento del abuelo. No hubo explicaciones. Nadie entendió su comportamiento y al mismo tiempo, nadie preguntó razones. La historia se me hizo absurda y lo único en lo que podía pensar, es que cuando empecé a soltar la neutralidad del amillo, me esforcé en alejarme del rojo y me quedé con el negro.

Para el abuelo el color y la flor, eran las rosas rojas. Mi abuela dice que él siempre que discutía con su madre, le decía que el día su muerte él se vestiría de rojo. La verdad de todo ello es que, en esa historia una madre enterró a su hijo.

Nunca sabré porque el abuelo odiaba o amaba. Los supositorios son absurdos. Las únicas cosas que son ciertas son las verdades que guardan la memoria de mi familia.

En mi percepción, el amillo para él fue su destino y para mí el camino. No somos iguales y lejos de vernos, lo he conocido. Cada año voy a su tumba y las flores que elijo, son los lirios blancos que de su centro nace el rosa que tanto le gustan a mi mamá.

por Hortensia Pico,
La HUerta.

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